jueves, 22 de diciembre de 2016

19 de diciembre.
Mariana me invitó a irnos de vacaciones en su casa rodante. Ella, su gato, sanguchitos de miga, porrito, y yo. Ni en pedo. Me parece una hippie asquerosa a veces. Mirá si me voy a ir a una casa rodante con un piba que conozco hace dos meses. Le dije que lo iba a pensar, que vengo medio complicada, que tengo que organizar mis planes para el verano porque estoy a full.ñ En realidad mi otro plan para las vacaciones era armar la pelopincho en casa. Tampoco quiero pasar las fiestas con mi familia porque siempre se terminan descorchando todos los dramas efervescentes. Pobre, ella no sabe que no tengo amigos. A mí todo esto me parece un delirio. Siempre digo que tengo paciencia para los chicles, tampoco para los gatos y menos para la convicencia, pero tampoco es como si tuviera algo mejor que hacer.
En mi mente desfila un carnaval de monstruos y casas rodantes.
24 de Diciembre
Pusimos las reposeras a un costado de la ruta para mirar las estrellas. Ella toca la guitarra y al final yo también soy un poco hippie. El gato ya lo perdimos y volvimos a encontrarlo como tres veces. En una de esas me dijo "vos tenés un lugar especial en el corazón de mucha gente loca" Yo me quedé helada. No porque el gato me hablase, porque total a mí en eya nada me sorprende en esta vida, sino porque creo que tuvo razón.
6:00 am.
Un efecto dominó provocado por el ruido de las llaves, seguido por platos y muebles golpeándose en la cocina que desemboca en el despertar de la bebé y por consecuencia, su llanto. Este boludo me hace siempre lo mismo. Dejo a la bebé en pausa, como cuando apoyo el cigarrillo en el cenicero para terminarlo después. Le bajo el volúmen a su llanto en mi cabeza. El olor a alcohol barato empieza a llenar el monoambiente.
-Juli necesito plata para el…
Un vómito queda estampado en el piso de la cocina antes de que pueda terminar la frase.
Tropezándome con un par de juguetes en la oscuridad busco mi billetera y saco los últimos pesos que quedan. Hace un mes que Nico no me pasa plata. Los hombres se pueden clasificar en tres tipos: forros, pelotudos, o forros pelotudos. Mi hermano podría encasillarse en el segundo, y mi ex en el último. El taxista pelado me mira compadeciéndome por tener que ocuparme de este desastre.
Cuando vuelvo de pagar el taxi, mi hermano sigue tirado en el piso de la cocina.
Antes de tener a la nena, yo también llegaba de bailar a las seis de la mañana. Me gustaría volver a esas madrugadas en las que viajaba sentada en el piso del colectivo, a la altura de las piernas de las chicas que también venían del boliche, y a la luz del día descubría que tenían celulitis como yo.
Todos me recuerdan esa vez que, estando a nueve meses del embarazo, puse en mi muro de facebook: “esta hija de puta no nace más, quiero salir a bailar!!”. La abuela me llamó horrorizada y lo tuve que borrar.
Voy a buscar una manta para tapar a mi hermano que sigue inmóvil. Abro la ventana. La melancolía me hizo lagrimear un poco. Cuando llorás, la luz entra en los ojos de formas diferentes. Se está haciendo de día. Es una linda mañana. Como dice la canción que él escucha: Sacar belleza de este caos es virtud.

martes, 18 de octubre de 2016

Mientras su asistente dormía, la señora Eugenia tomó las llaves y salió de la casa. Empujando su silla de ruedas recordó como se sentía cuando se escapaba para ir a bailar en su adolescencia. Siempre le gustó la adrenalina. Hace meses que no paseaba sola. Hoy celebraría una pequeña libertad. Decidió ir a comprarle un regalo de cumpleaños a su sobrino. El local estaba a sólo un par de cuadras de su casa. Nunca le gustaron las expresiones compasivas de la gente que la miraba al pasar. El peor sentimiento que una puede generar es la pena. Una vez leyó una frase que decía "La salud es una corona invisible que sólo pueden ver los enfermos". Ella, sin embargo, se sentía una reina en su trono andante. 

Pudo visualizar el logo de la juguetería reluciente en la distancia y aceleró la velocidad. Su vista todavía era infalible, eso no lo podía negar. Una vez dentro, empujaba su silla a través de las hileras de peluches y juguetes. El cajero era un hombre misterioso que se ocultaba detrás de un traje de oso amarillo. 

En el último estante encontró lo que buscaba: un helicóptero de juguete a control remoto que tenía botones por todas partes. Estaba segura de que su sobrino entendería como usarlo. Lo único que aplacó su entusiasmo fue el precio escrito en la etiqueta sobre el paquete. Mil pesos. Trató de olvidarse del juguete recorriendo otras góndolas, pero sus ojos siempre terminaban estancándose en el helicóptero. Lo miró dubitativa. La perseguía la tentación de llevárselo. Casi sin pensarlo, lo metió rápidamente en su bolso. El mismo éxtasis que la llenaba cuando robaba ropa de locales caros recorrió su cuerpo. En su momento había sido toda una profesional, y nunca llegaron a descubrirla. Continuó deslizándose victoriosa por el local, y al atravesar la puerta escuchó el sonido que siempre temió: el bip del código de barras. Había olvidado que en su época sabía desactivar los códigos de barras. 

-Señora, usted no pagó eso. 
-Ya lo traía en mi bolso! el sonido se activó porque lo compré en este mismo local...
Aunque el cajero trató de sacárselo de la mano, la señora Eugenia forcejeó. Rendirse no estaba en sus planes.

-Si no lo devuelve voy a tener que llamar a la policía. No importa que tan especial sea su... condición.

La cólera se apoderó de ella. Concentró toda su ira en ese falso Winnie Poo en decadencia. Estando cerca, pudo notar los errores de costura y lo tétrico del disfraz. Palpó el fondo de su bolsito bordó. Por algo guardaba ese cuchillo en el bolsillo interno. Una nunca sabe lo que puede pasar. Actuó casi sistemáticamente. Antes de poder replantearse la situación ya había estampado la primer puñalada el estómago del oso, que comenzaba a caerse al suelo.



Antes de irse, la señora Eugenia detuvo su silla de ruedas para contemplar el charco de sangre mezclada con pedazos rotos de tela amarilla que se había formado en el piso del local.



Cuando llegó a casa se preparó un té. Su sobrino llamó, le preguntó si quería acompañarlo a andar en bici. Aunque sabía que no iba a ir le dijo que sí.

domingo, 28 de agosto de 2016

El olor a crema humectante se mezcla con el de mi vómito. Una señora muy arreglada tira a la basura cajas de los perfumes que compró en el freeshop. La veo dada vuelta, con mis manos en el inodoro. Cuando logro levantarme me mira como si fuese el antricristo mientras se llena de cremas la cara. Me siento un pedazo de mermelada rancia. Nunca me había tomado un barco, pero como gané el pasaje a buenos aires me pareció una buena idea para dejar La Paloma atrás y de paso conocer al chico del tinder. El barco está detonado. El ruido de las bolsas de plástico que parecían sacadas de un quirófano que me hicieron poner en los championes marca mis pasos.  El papa Francisco me sonríe desde un cuadro. Con unas tic tacs de pochoclo en la boca, me dejo caer en mi asiento y entrecierro los ojos. No mucho más de dos horas después, mi compañera de asiento me despierta avisándome que ya estábamos llegando.
Puerto madero. Un chico medio raro me da indicaciones de como llegar hasta once. Tiene puestos unos calzoncillos largos por debajo de un short y, la cereza del postre, una remera que le queda demasiado corta y está un poco sucia, con un pancho estampado. Es un poco afeminado y me da un poco de miedo. Un monstruo gay. Eso en La Paloma no existe. Le debo haber caído bien porque me deja su número por las dudas. La travesía hasta once parece imposible.




Las luces azules llenan el colectivo. Siento el peso de las miradas sobre mí hasta que encuentro un asiento vacío, al lado de una señora que lleva un gato adentro de un caníl.  Con los auriculares puestos, Thalia me acompaña en mi viaje. No me enseñaste a vivir sin tí. Mi maestra de la primaria cantaba esa canción dando vueltas por el aula. Al final los padres juntaron firmas para que la echaran. Yo miraba el mar por la ventana. Siempre pensé que en el horizonte se terminaba el mundo. Thalia me canta desconsolada en la oreja y yo siento que es una incomprendida como yo. Algo adentro mío se mueve y trata de salir en forma de lágrima, pero logro retenerlo.  Me bajo en una esquina llena de malandros y me aventuro en el reino de Once.


PISCIS sabe que después de tocar fondo sólo hay un camino y es, salir a la superficie.
PISCIS: cuando te estresas buscas espacios secretos, misteriosos, rincones escondidos que nadie conoce y que te sirven de refugio.Los PISCIS son soñadores. Muchas veces no les gusta ni la realidad ni el mundo en el que viven.

Una notificación de tinder. El chico quiere conocerme en una fiesta que se llama Rodilla pero con la A al revés. Hasta ahora solo fui al Fantástico Bailable. Los acontecimientos se precipitan. Acá el tiempo pasa más rápido, en Uruguay se sentía como una masa espesa. Todavía no desarmé la valija pero ya metí una mano en el fondo y saqué algunas remeras. Las desparramo en el piso y me convence una azul fosforescente. Me tomo mis pastillas homeopáticas y arranco para el baile. Lo similar cura lo similar.



Me carmoce la ansiedad. Pasan los minutos. Nunca logré dejar de comerme las uñas. Espero con el trago que me pareció más lindo estéticamente, servido en mis manos. Me lo dan en un frasco parecido al de un análisis de orina. En Uruguay los tragos se sirven en vasos de vidrio. Las poca gente que hay baila tan moderno que me asusta. La pista está llena de chicas que parecen chihuahuas. El lugar no es muy grande pero comparado con el piso de tierra del boliche al que iba en Uruguay, parece una nave espacial.
“No sabía que venías acá!” Mi monólogo interno es interrumpido por el monstruo gay que conocí en el puerto. Se acerca hacia mí entre las luces que titilan, y moviendo muy rápido su boca enorme me cuenta que es el RPP de la fiesta y otras cosas que no entiendo hasta que sale corriendo para saludar al Dj. Mi mente divaga entre mis recuerdos del Fantástico Bailable y me visualizo bailando entre un montón de gente sin cara porque en realidad sé que no extraño a nadie y no volveré nunca más.

Camisa cuadrillé metida adentro del pantalón, cinturón de cuero, medias de polyester y zapatos marrones. Esta imagen cae sobre mí como un baldazo de agua fría y me devuelve a la realidad.  También es vizco. Trato de mantener una conversación con esta persona que me habla de sus estudios en administración de empresas. Una vez más siento el espesor del tiempo. No me vine hasta Buenos Aires para tener que seguir soportando momentos desagradables. “Voy al baño y vuelvo” Entro rebalsante de desesperación al baño donde me encuentro nuevamente al monstruo gay y le pido que me ayude a salvarme de este desconocido que me aterroriza. El piso está inundado. Esquivando un vómito le doy la mano a mi nuevo aliado. Me concentro y de a poco atravesamos la pared de ladrillo como si fuéramos de aire. El vértigo me recorre todo el cuerpo. Me sacudo el polvo y el revoque que quedó entre mi pelo. Siempre me pasa lo mismo. La realidad nunca me convenció del todo.

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Agus Medina te ha enviado un mensaje

que onda buenos aires? yo te escribo desde rocha porque vine a ver a los abuelos. ya sabes que nunca me gustó venir aquí porque me da dolor de cabeza y solo camina gente fea por la calle.
pedro se arrepiente de no haberte ido a despedir al buquebus pero ya sabes que le cuesta.no es malo, es tarado. a delfi la llamaron para un campeonato de surf en portugal. el resto sigue igual que siempre. esta por cerrar el ciber, espero tus chismes, te mando un beso.

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-¿Donde estamos?
-Ni idea. Parece un estacionamiento enorme. Vení, subamos al ascensor.
 Según el ascensor, hay cuatro pisos para abajo y diez para arriba. No sé qué fuerza superior elige los lugares de mis teletransportaciones, pero por ahora dejan bastante que desear.
-No anda. Una vez leí sobre un juego para entrar a otra dimensión en un ascensor. Sólo se podía jugar en un lugar de más de diez pisos, como este. Tenías que hacer algunas combinaciones de números de pisos. Se supone que en uno de ellos un espíritu se subía y te llevaba a otra dimensión.
Nos miramos las caras en la oscuridad. Algo me toca el hombro y al darme vuelta reprimo un grito ahogado. Una señora muy parecida a la del baño del buquebús, con la cara llena de cremas humectantes y los ojos vacíos parada frente a mí. Detrás de ella se acerca una horda de señoras encremadas, todas idénticas a la del buquebús. La más cercana extiende su brazo para alcanzarme y mi primer impulso es salir corriendo. Monstruo gay corre detrás de mí, es la primera vez que él me sigue. Me mueve un impulso extraño. Corremos empujando señoras a través de una biblioteca de autos interminable hasta que encuentro una pequeña escalera. Subimos en silencio y pienso en la escalera caracol del faro de La Paloma.

El encuentro entre dos personalidades es como el contacto de dos sustancias químicas: si hay alguna reacción, ambas se transforman.

domingo, 10 de julio de 2016

Con las iniciales de Ale Pradón adentro de un corazón tatuadas en su brazo izquierdo y un osito de peluche que planea tirarle al escenario en la mochila, Apocalipsis Jejé entra entusiasmada al boliche que lleva el nombre de Two Angels. Hoy, esos dos ángeles son ella y Ale Pradón. Camina decidida haciendo resonar sus tacos en el piso mugriento, llenando el aire de perfume barato.
Apocalipsis es prostituta y masajista. Está acostumbrada a salir sola a bailar. El último evento que tuvo esta trascendencia en su vida fue el Certamen internacional Miss Primavera del año pasado, en el que fue jurada. Hoy Apocalipsis no puede distinguir entre taquicardia y emoción. Hoy los astros se alinean y el universo está a su favor.
El escenario se llena de humo y en un mar de gente pegajosa la ve a lo lejos. Corre empujando grupos de amigas hasta llegar adelante.
-Disculpame, nena, ¿No me sacás una foto? Así, que se vea Ale Pradón de fondo.
La chica, que no parecía tener más de diecisiete años, la mira un poco asustada, pero se la saca. Apocalipsis sonríe plena. Pradón anima a la multitud y cuando la encuentra bailando con los lasers penetrándola, la mira a los ojos. Apocalipsis. Sienten algo que se debe parecer bastante al amor.

domingo, 15 de mayo de 2016

Uno.

Supe que Merlina iba a ser importante cuando la vi tirada en el medio de la cancha del colegio con los ojos cerrados. También cuando la vi bailando en la fiesta de fin de año. Siempre con los ojos cerrados, moviendo su pelo larguisimo. Mi ex se burlaba de ella, yo pensaba que él no entendía nada.  Merlina es una ninfa. Cuando lee una carta astral, el resto del universo baja el volúmen. No le dice a nadie su verdadero signo, porque no se merecen saber tanto sobre ella. La primera vez que hablamos, me dijo que era de piscis.

Nadie entiende cómo llegamos a ser amigas. En el colegio, la gente ve nuestra amistad como un híbrido monstruoso. Yo creo que juntas somos dos peluches un poco rotos sobre algún estante.
La primera vez que se acercó a mi banco, todo el curso nos miró desconcertado. En un susurro me preguntó si tenía plata para comprar rola, seguido de su distintivo gesto de levantar la ceja. Asentí y ella se evaporó como un hada, arrastrando sus zapatillas con rueditas. "Perra escorpio", se autodefinía en su descripcion de instagram. Merlina es una porrista psicodélica.

Ese fin de semana lo terminé llorando con Merlina, contándole todo lo que había querido decirle estos años de cruces de miradas y likes en redes sociales secretas. Entre risas descubrí sus brackets, que casi nadie llega a ver. También me di cuenta de que tiene un ojo más desviado que el otro, que esconde en su mirada desafiante. Mientras me limpiaba las lágrimas de rímel, Merlina me confesó que ella en realidad es de aries.

Dos.

-Decime algo que me importe.
-Dale, juguemos a eso, pero empezá vos.
-No puedo creer que te hayas cogido a Luca.
-Y encima era el cumpleaños de mi novio, le digo.
Merlina me mira abriendo sus ojos que se hacen gigantes.
A veces pienso que soy una persona horrible. Nos alejamos de nuestro grupo de amigos para seguir hablando de Luca. Lo miro reírse a lo lejos, sentado en el pasto. Luca pertenece a un bosque que sólo él conoce. Es injusto que tenga esas pupilas enormes y que después se rehúse a aceptar mis mensajes telepáticos. Él es de Aries, igual que Merlina. En el libro de astrología que le regalamos a Merlina para su cumpleaños dice que la gente de Aries se regenera con la muerte y con las relaciones sexuales. A mí me pareció una descripción bastante acertada.

La pastilla se deshace en mi boca y me llega al corazón. Soy un lavarropas funcionando. Estoy tratando de decirle algo, sentada en una esquina con su remera de Metallica puesta. Luca se identifica a sí mismo con la palabra nigredo, que representa la etapa de putrefacción en la alquimia. No se puede lograr la transformación de una sustancia sin muerte y putrefacción.

 La verdad es que nunca escuché Metallica, tampoco dejé de pensar en Luca, y estoy bastante segura de que de alguna forma la droga intercedió con mi destino y me salvó la vida. Luca me abraza y, entre mis luces navideñas del barrio chino, el caos adentro mío se acomoda y la idea de la muerte deja de parecerme tan seductora.


viernes, 15 de abril de 2016

Ahí está Rita, a punto de leer su poema ante apenas un puñado de personas que como ella, escriben y escuchan en soledades. El rosa es su color indiscutible.
Al pasar, una mano alcanzó su brazo y un “hola” casi sin voz se estrelló con un “salí”, empujándolo de costado.
Rita lee un Haikú.
Habla de él y él lo sabe.
Al escucharlo se achica, se asombra, se enoja, se desliza en su silla hasta querer desaparecer.
Aplausos. Siempre aplauden después de leer.
Cuando Rita levanta la vista, lo distingue pegado a otra chica, besándose, casi frente a ella.
Rita recibió esa imagen en signo de revancha.
Rita lloró. Lloró mucho.
Rita hoy puede contarlo, dejarse llevar con el viento, reír con otros, ponerse un sombrero y jugar con las palomas.

Hay un orden y un sentido de las cosas. Una fiesta. Él y la chica de instagram. La taquicardia. Contar hasta diez. Y un desastre. La imagen explota en su cerebro como un globo.  Se lo taladra. La banda que suena en el fondo sigue tocando canciones horribles. Al final, a nadie le importó si fue a dos fiestas con el mismo vestido. Cierra los ojos y lo ve leyendo el artículo sobre la grasa vaginal, googleando todas sus neurosis tan actuales y borrando el historial. Los abre y lo ve a él con la chica de instagram. Y se quiebra. Y en su corazón suena una canción de Luis Miguel en repetición. Pasan los días. Hay que hacer algo. Se sienta en la heladería y busca el revólver en su mochila.

           Rita  conoció al astrólogo a través de un canal de foros místicos. Los astrólogos agrupan estrellas  en doce zonas correspondientes a los doce signos del zodíaco, representados por dibujos caprichosos de  constelaciones
       “Usted nació en coordenadas poco favorables para escoger relaciones saludables; tiene inconvenientes con la comunicación hacia los demás y necesita apoyo en la toma de decisiones” estimó el astrólogo y le aseguró que una carta natal la ayudaría a conocer las áreas fuertes y débiles de su personalidad, pudiendo identificar el rol de las personas en su vida.
       Y fue así como dentro de una carpeta, prolijamente presentada, escritos en hojas de  batik  , figuraban   los rasgos de la personalidad de Rita, sus características físicas y, enumerados por año calendario, los sucesos importantes de su vida a partir de la posición de los astros en el momento de su nacimiento.
    “La suerte no viaja toda la vida pero siempre anda buscando en que trasladarse” le dijo el astrólogo.
    La carta natal se había convertido en guía  de las formas curiosas de su laberinto de herencias sin codificar. Su lucha persistía entre el nido y el vacío, la cama y el precipicio; sin embargo, Rita iba por la vida como flecha disparada hacia donde no existieran genes conocidos.
Aún llevaba el revólver en el bolsillo izquierdo de la mochila.
    Llegó el tiempo en que la suerte se mostró auténtica; coincidía con el momento que Júpiter y sus lunas conjugaron perfectos y Él apareció en su vida.
La carta natal durmió un largo tiempo en el cajón de un armario.
    Estaban sentados a  una mesa solos, él y ella, enfrentados. Dos cafés, un cenicero con varios cigarrillos apagados; dos prendidos humeándoles la vista.
    Era un problema no llegar a un acuerdo. Pasada una hora, él no se animaba a decirle las razones de su abandono. Retiró su silla hacia atrás: Rita pensó que se iba pero se quedó sentado.
   La lámpara sostenida en el techo se movía con el viento que se colaba por la ventana y los iluminaba alternadamente. Él no contestaba a sus preguntas y ella se hubiera parado sobre un  banco para dejar quieta la lámpara.
  Creyó escuchar lo mucho que la extrañaría.  Rita no pudo hacer un gesto ni responder, No la conmovían los sonidos.
  Lo miró y fue ahí cuando notó que su cara no era la misma. “Un juego de luces”-pensó.            Desconcertada de esa realidad, quedó mirando como su nariz se deformaba y como su pelo enmarcaba misterio. Una sonrisa franca, dibujada con las mejillas levantadas, arrugaba su mirada.
   Rita sabía que su ojo, el izquierdo, no enfocaba bien, veía borroso y por eso lo forzaba como haciendo un guiño constante; mientras que con el otro trataba de definir la imagen.
  Se animó a mirarlo de vuelta.
  Su cara estaba contenida en una máscara ajena, fría, huesuda. No era él.
Simplemente  lo reconocía en su voz, en sus pausas, su acento y ese lamento falseado en la palabra perdón.
Pero ya era tarde. La cabeza de chancho reposaba en la puerta de su casa, siguiendo la tradición de las lesbianas bonaerenses cuando las engañan. Con la ayuda de un par de amigas, ella también cumplió con el ritual. Pero no fue suficiente. “Nunca es suficiente para mí”, pensó. Que no se te olvide que yo te saqué de la basura. Las palabras de Paquita la del Barrio resonaron en todo su cuerpo. Un disparo. Más fácil que bloquearlo de todas las redes sociales. Una mancha de sangre en su pollera blanca de tenis. Y por primera vez en su vida se sintió libre, como los muñecos de las estaciones de servicio. Sacó esa vieja carta natal de su bolsillo y prendió otro cigarrillo. Ahora todo vuelve a su orden inicial.

-Antonia y Susana.
Busco respuestas
pero solo entiendo que
no soy yo, sos vos.
Este final yo
me lo sé de memoria.
Haceme feliz
(yo ya sé que te cuesta)
y no vuelvas más.

martes, 16 de febrero de 2016

Te van a obligar a tirarte cera caliente en el cuerpo a las once años, pero cuando descubrás que sos masoquista te van a decir que está mal. Porque el dolor solo está bien cuando no lo deseamos, si lo disfrutás está mal.

miércoles, 27 de enero de 2016

heal sickness with sickness

Derramando lágrimas de ácido te confesé que me asusta no poder ser como las chicas lindas que te rodean. Mis lágrimas mojan la arena y yo siento la menta que me recorre todo el cuerpo. Vos me decís que te gusta mi forma de ser linda, no la del resto del mundo. Toda la vida construí una personalidad para salvarme de esto. Siempre combativa, siempre a la defensiva. Y sin embargo acá estoy, como una boluda, hablandote de lo que me pone insegura.
Y ya se que nunca voy a ser como la modelo con la que te hicieron sacarte una foto y parecen una pareja divina, perfecta. Ya sé que nosotros somos más bien personajes de John Waters, y ya sé que la paso mucho mejor así. Pero a veces me olvido. Así que abrazame y llevame a pasear drogada entre todas las familias de la playa que nos miran desconcertadas porque yo parezco un gremlin o un hada en ácido y vos estás lleno de los besos de pintalabios que te dejé, con el pañuelo de mi perro en la frente, y cantamos (vos afinás, yo desafino, obvio) sobre morirnos cuando termine el verano. Vamos a bailar al techo de la casa, no importa si nos caemos. Curemos la enfermedad con enfermedad. Vos sabés que la paso mejor así.

sábado, 16 de enero de 2016

Te acordás cuando te fuiste de mi casa dejándome la cama llena de brillantina, el piso lleno de globos hechos con forros y una cinturonga en la mesita de luz? Vos sabés que lo único que quiero es sentir, por un momento, que todo es menos caótico. Sos la única persona a la que dejo acariciarme con una cuchilla y yo siento que eso es amor.
Cada tanto desratizan mi colegio pero las ratas siempre vuelven a aparecer y el colegio siempre va a estar lleno de ratas y se le va a caer un techo en la cabeza a un chico y a mí me pasa lo mismo. Cada tanto vuelvo a explotar porque siento más cosas de las que entran en este cuerpo y siempre termino volviendo a vos, porque solo siento la electricidad del miedo en sintonía con la emoción expectante cuanto te miro a vos.