Mientras su asistente dormía, la señora Eugenia tomó las llaves y salió de la casa. Empujando su silla de ruedas recordó como se sentía cuando se escapaba para ir a bailar en su adolescencia. Siempre le gustó la adrenalina. Hace meses que no paseaba sola. Hoy celebraría una pequeña libertad. Decidió ir a comprarle un regalo de cumpleaños a su sobrino. El local estaba a sólo un par de cuadras de su casa. Nunca le gustaron las expresiones compasivas de la gente que la miraba al pasar. El peor sentimiento que una puede generar es la pena. Una vez leyó una frase que decía "La salud es una corona invisible que sólo pueden ver los enfermos". Ella, sin embargo, se sentía una reina en su trono andante.
Pudo visualizar el logo de la juguetería reluciente en la distancia y aceleró la velocidad. Su vista todavía era infalible, eso no lo podía negar. Una vez dentro, empujaba su silla a través de las hileras de peluches y juguetes. El cajero era un hombre misterioso que se ocultaba detrás de un traje de oso amarillo.
En el último estante encontró lo que buscaba: un helicóptero de juguete a control remoto que tenía botones por todas partes. Estaba segura de que su sobrino entendería como usarlo. Lo único que aplacó su entusiasmo fue el precio escrito en la etiqueta sobre el paquete. Mil pesos. Trató de olvidarse del juguete recorriendo otras góndolas, pero sus ojos siempre terminaban estancándose en el helicóptero. Lo miró dubitativa. La perseguía la tentación de llevárselo. Casi sin pensarlo, lo metió rápidamente en su bolso. El mismo éxtasis que la llenaba cuando robaba ropa de locales caros recorrió su cuerpo. En su momento había sido toda una profesional, y nunca llegaron a descubrirla. Continuó deslizándose victoriosa por el local, y al atravesar la puerta escuchó el sonido que siempre temió: el bip del código de barras. Había olvidado que en su época sabía desactivar los códigos de barras.
-Señora, usted no pagó eso.
-Ya lo traía en mi bolso! el sonido se activó porque lo compré en este mismo local...
Aunque el cajero trató de sacárselo de la mano, la señora Eugenia forcejeó. Rendirse no estaba en sus planes.
-Si no lo devuelve voy a tener que llamar a la policía. No importa que tan especial sea su... condición.
La cólera se apoderó de ella. Concentró toda su ira en ese falso Winnie Poo en decadencia. Estando cerca, pudo notar los errores de costura y lo tétrico del disfraz. Palpó el fondo de su bolsito bordó. Por algo guardaba ese cuchillo en el bolsillo interno. Una nunca sabe lo que puede pasar. Actuó casi sistemáticamente. Antes de poder replantearse la situación ya había estampado la primer puñalada el estómago del oso, que comenzaba a caerse al suelo.
En el último estante encontró lo que buscaba: un helicóptero de juguete a control remoto que tenía botones por todas partes. Estaba segura de que su sobrino entendería como usarlo. Lo único que aplacó su entusiasmo fue el precio escrito en la etiqueta sobre el paquete. Mil pesos. Trató de olvidarse del juguete recorriendo otras góndolas, pero sus ojos siempre terminaban estancándose en el helicóptero. Lo miró dubitativa. La perseguía la tentación de llevárselo. Casi sin pensarlo, lo metió rápidamente en su bolso. El mismo éxtasis que la llenaba cuando robaba ropa de locales caros recorrió su cuerpo. En su momento había sido toda una profesional, y nunca llegaron a descubrirla. Continuó deslizándose victoriosa por el local, y al atravesar la puerta escuchó el sonido que siempre temió: el bip del código de barras. Había olvidado que en su época sabía desactivar los códigos de barras.
-Señora, usted no pagó eso.
-Ya lo traía en mi bolso! el sonido se activó porque lo compré en este mismo local...
Aunque el cajero trató de sacárselo de la mano, la señora Eugenia forcejeó. Rendirse no estaba en sus planes.
-Si no lo devuelve voy a tener que llamar a la policía. No importa que tan especial sea su... condición.
La cólera se apoderó de ella. Concentró toda su ira en ese falso Winnie Poo en decadencia. Estando cerca, pudo notar los errores de costura y lo tétrico del disfraz. Palpó el fondo de su bolsito bordó. Por algo guardaba ese cuchillo en el bolsillo interno. Una nunca sabe lo que puede pasar. Actuó casi sistemáticamente. Antes de poder replantearse la situación ya había estampado la primer puñalada el estómago del oso, que comenzaba a caerse al suelo.
Antes de irse, la señora Eugenia detuvo su silla de ruedas para contemplar el charco de sangre mezclada con pedazos rotos de tela amarilla que se había formado en el piso del local.
Cuando llegó a casa se preparó un té. Su sobrino llamó, le preguntó si quería acompañarlo a andar en bici. Aunque sabía que no iba a ir le dijo que sí.
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