Ahí está Rita, a punto de leer su poema ante apenas un puñado de personas que como ella, escriben y escuchan en soledades. El rosa es su color indiscutible.
Al pasar, una mano alcanzó su brazo y un “hola” casi sin voz se estrelló con un “salí”, empujándolo de costado.
Rita lee un Haikú.
Habla de él y él lo sabe.
Al escucharlo se achica, se asombra, se enoja, se desliza en su silla hasta querer desaparecer.
Aplausos. Siempre aplauden después de leer.
Cuando Rita levanta la vista, lo distingue pegado a otra chica, besándose, casi frente a ella.
Rita recibió esa imagen en signo de revancha.
Rita lloró. Lloró mucho.
Rita hoy puede contarlo, dejarse llevar con el viento, reír con otros, ponerse un sombrero y jugar con las palomas.
Hay un orden y un sentido de las cosas. Una fiesta. Él y la chica de instagram. La taquicardia. Contar hasta diez. Y un desastre. La imagen explota en su cerebro como un globo. Se lo taladra. La banda que suena en el fondo sigue tocando canciones horribles. Al final, a nadie le importó si fue a dos fiestas con el mismo vestido. Cierra los ojos y lo ve leyendo el artículo sobre la grasa vaginal, googleando todas sus neurosis tan actuales y borrando el historial. Los abre y lo ve a él con la chica de instagram. Y se quiebra. Y en su corazón suena una canción de Luis Miguel en repetición. Pasan los días. Hay que hacer algo. Se sienta en la heladería y busca el revólver en su mochila.
Rita conoció al astrólogo a través de un canal de foros místicos. Los astrólogos agrupan estrellas en doce zonas correspondientes a los doce signos del zodíaco, representados por dibujos caprichosos de constelaciones
“Usted nació en coordenadas poco favorables para escoger relaciones saludables; tiene inconvenientes con la comunicación hacia los demás y necesita apoyo en la toma de decisiones” estimó el astrólogo y le aseguró que una carta natal la ayudaría a conocer las áreas fuertes y débiles de su personalidad, pudiendo identificar el rol de las personas en su vida.
Y fue así como dentro de una carpeta, prolijamente presentada, escritos en hojas de batik , figuraban los rasgos de la personalidad de Rita, sus características físicas y, enumerados por año calendario, los sucesos importantes de su vida a partir de la posición de los astros en el momento de su nacimiento.
“La suerte no viaja toda la vida pero siempre anda buscando en que trasladarse” le dijo el astrólogo.
La carta natal se había convertido en guía de las formas curiosas de su laberinto de herencias sin codificar. Su lucha persistía entre el nido y el vacío, la cama y el precipicio; sin embargo, Rita iba por la vida como flecha disparada hacia donde no existieran genes conocidos.
Aún llevaba el revólver en el bolsillo izquierdo de la mochila.
Llegó el tiempo en que la suerte se mostró auténtica; coincidía con el momento que Júpiter y sus lunas conjugaron perfectos y Él apareció en su vida.
La carta natal durmió un largo tiempo en el cajón de un armario.
Estaban sentados a una mesa solos, él y ella, enfrentados. Dos cafés, un cenicero con varios cigarrillos apagados; dos prendidos humeándoles la vista.
Era un problema no llegar a un acuerdo. Pasada una hora, él no se animaba a decirle las razones de su abandono. Retiró su silla hacia atrás: Rita pensó que se iba pero se quedó sentado.
La lámpara sostenida en el techo se movía con el viento que se colaba por la ventana y los iluminaba alternadamente. Él no contestaba a sus preguntas y ella se hubiera parado sobre un banco para dejar quieta la lámpara.
Creyó escuchar lo mucho que la extrañaría. Rita no pudo hacer un gesto ni responder, No la conmovían los sonidos.
Lo miró y fue ahí cuando notó que su cara no era la misma. “Un juego de luces”-pensó. Desconcertada de esa realidad, quedó mirando como su nariz se deformaba y como su pelo enmarcaba misterio. Una sonrisa franca, dibujada con las mejillas levantadas, arrugaba su mirada.
Rita sabía que su ojo, el izquierdo, no enfocaba bien, veía borroso y por eso lo forzaba como haciendo un guiño constante; mientras que con el otro trataba de definir la imagen.
Se animó a mirarlo de vuelta.
Su cara estaba contenida en una máscara ajena, fría, huesuda. No era él.
Simplemente lo reconocía en su voz, en sus pausas, su acento y ese lamento falseado en la palabra perdón.
Pero ya era tarde. La cabeza de chancho reposaba en la puerta de su casa, siguiendo la tradición de las lesbianas bonaerenses cuando las engañan. Con la ayuda de un par de amigas, ella también cumplió con el ritual. Pero no fue suficiente. “Nunca es suficiente para mí”, pensó. Que no se te olvide que yo te saqué de la basura. Las palabras de Paquita la del Barrio resonaron en todo su cuerpo. Un disparo. Más fácil que bloquearlo de todas las redes sociales. Una mancha de sangre en su pollera blanca de tenis. Y por primera vez en su vida se sintió libre, como los muñecos de las estaciones de servicio. Sacó esa vieja carta natal de su bolsillo y prendió otro cigarrillo. Ahora todo vuelve a su orden inicial.
-Antonia y Susana.