martes, 7 de febrero de 2017

Estaban solos en el tren. Ellos dos y la chica que entró caminando lentamente y se sentó de una forma digna del living de su casa. Sus dedos largos y delgados juguetearon con la cuchilla que chorreaba ensangrentada. Procedió a limpiarla con un pañuelo descartable y cuando terminó la arrojó con elegancia a la ventana que daba a un vacío total. Sonrió. Siguió caminando, y la puerta automática se cerró detrás de ella. Nunca se molestó en mirarlos.

Unas horas antes, se alejó de su víctima con una conmoción desenfrenada. Desató lentamente los nudos de su cerebro, como si se tratara de una larga lana roja. Esta imagen se parecía bastante a la que tenía frente a sus ojos: el rastro que dejaba el cuerpo que yacía inerte. Saboreó los últimos besos sabor a menta, característicos de dientes recién cepillados, que se mezclaron en su boca con la sangre fresca. Se prometió a sí misma que ésta sería la última vez.

Le sacó con cuidado su collar con forma de cruz. Se lo colgó y la miró una vez más, su vestido manchado de color carmín. Su piel entre las hojas secas. Caminó bordeando las vías del tren mientras la cruz que colgaba de su cuello bailaba al compás de sus pasos. Dentro de ella habitaba un monstruo: el deseo mórbido, blando, delicado.


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